lunes, 5 de enero de 2015

Reflexión en autobús

Me siento en las escaleras, en frente de la puerta de salida, y miro... Veo el asfalto pasar rápido bajo mis pies, parece que estuviera corriendo muy deprisa, estoy tan cerca del suelo... Mi cabeza plantea un montón de ideas en un segundo; que el asfalto a esas velocidades parece un río de petróleo, o una lluvia de meteoritos, se forman rallas abstractas de muchos matices.
Pienso en qué pasaría si un fallo de cálculos llevara a ese autobús a chocarse y chocarme contra uno de esos quitamiedos (que no sé por qué cojones se llaman así, pero eso es otra historia) y en cómo sería mi muerte, así empiezo a pensar en la muerte en general, en cómo nos preocupa morir quemados o ahogados, y nos preguntamos cuál de las muertes es la peor. Llego a la conclusión de que la peor muerte es la que no entendemos, morir de repente de un disparo por la espalda, de una caída, de un golpe repentino y no tener tiempo de asimilar por qué. Cuál es el motivo de tu propia muerte, cómo es tu fin, por qué en ese momento,
¿cómo vas a acabar entendiendo el sentido de tu vida, si no conoces el el sentido de tu muerte?
¿cómo vas a encontrar el sentido de tu muerte, sin entender el de tu vida?
¿cuál es el motivo por el que estoy viva ahora y por qué en menos de un minuto puede dejar de ser así?

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