sábado, 20 de febrero de 2016

Como en cada vida

Si diéramos un pincel a un pájaro,
nos enseñaría colores nuevos.

La estela de un alma viviente es la calma muerta y sin ríos.
Viento y vela, ciudad y gente, complejos míos.

Si diéramos un piano a un espejo, entenderíamos la música sin copia.

Yo me miro y no hay reflejo,
aunque la música me hable.
Me pregunto
cómo amaría en los 60,
cómo miraría al cielo
y qué estragos me provocaría
esa luna que no calla.

No es mi asunto
cuántas vidas me encontraste,
si recuerdas mis anhelos
y qué estragos me provocaría
no mantenerme a raya.

Quiero que me atropeye
tu universo existencial.
Quiero no ser la única
que se asome por tus suelos.
Quiero sentirme una más,
quiero sentirme toda una,
quiero no sentirme,
no ser tuya,
ni tuya,
ni tuya.
Ni mía,
del viento,
que está lejos y no sopla.

Sólo hay brisa al caminar, y camino.
Bailo sin música y con ritmo,
y río,
río del tropiezo infinito.

No se tropieza sin andar,
no se avanza sin andar,
no se mueve sin andar,
no se cansa ni descansa
sin andar, no se anda.

Tampoco se vuela sin alas,
ni se ama sin raíces.
La libertad en estar
atada
a un suelo templado y húmedo.

Tópicos superfluos
con una connotación
casi celestial.

Sólo quiero saber
si soy celeste,
o si soy un tópico superfluo
corriendo
por tu cuerpo presente,
como en cada vida.

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