domingo, 3 de septiembre de 2017

Podrida

No, Marta, no lo tienes controlado, no eres un ser lleno de sabiduría y temple, sólo has estado escondida por miedo, odiando todo lo que se parecía a ti y renegando de ello.

No eres un ejemplo a seguir para los vacíos existenciales que te rodean, eres la suma de todos ellos. Nadie sabe, nadie sabe. Nadie sabrá hasta que me vaya, y cuando me vaya, seguramente tampoco sepan.

Quiero ver mi sangre.

Debo asustarme de lo que soy capaz y retomar el camino que nunca empecé, debo empezar a ser nadie y dejar mi identidad fuera de la ecuación.
Quiero que se acabe el ruido, arrancarme los oídos y lanzarlos a los cerdos, desprenderme de todo lo que fui y en realidad no he sido, de todo.

Me he vuelto a traspasar la piel con el pasado, vuelvo a ser una niña que no entiende nada, pero ahora lo entiendo y sé que no tiene solución.

Si me tiro por esta ventana no me mato.

Ya perdí la chispa del amor, de la música, de la belleza. Lo consumí todo pronto y rápido, como un caramelo. Luego vienen las drogas, la psicosis y la búsqueda. Después no queda nada, sólo vacío y ruido, días pobres con alguna sonrisa, ser esclavo con vacaciones, conformidad y polvo, cenizas en la nieve.

Hay quien puede vivir así, hay quien dosifica el caramelo. Tarde. Nada me mueve de pudrirme.

Sueño con una mirada, con unas palabras, con una mano sobre el hombro, con volver a sentirme parte de algo. Porque aunque lo reciba, es como si no estuviera, como si no fuera para mí. Así que ya ni siquiera lo recibo.

Quien entienda esto no tendrá fuerzas para salvarme, yo tampoco.


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