Es una sensación inequívoca, todo ha cambiado.
Ya no me siento la misma, ni lo soy, ni recuerdo quién era. Y lo más fuerte es que me da igual, aunque a veces tenga este ligero apego a mi versión anterior, a esa cría que criaba, a esa niña adulta. Ahora soy lo contrario, una adulta muy niña, que ya no quiere escapar, sino tener un hogar en el que enraizarse para pudrirse.
Quiero que quede claro, no soy mejor que yo, ninguna de mis versiones supera a la anterior o a la siguiente, simplemente coexisten en un baile que yo jamás aprendí, e intento hacerlo bien, pero me tropiezo conmigo misma y acabo en el suelo preguntándome quién coño soy. ¿Y qué más da? Si soy ya es suficiente, jamás esperé llegar tan lejos, voy a cumplir 33 años y aún me miro el tatuaje de la mano a diario, ese que dice "tan solo existe un día más".
Un día más siempre es factible seguir, creo. Si te planteas una vida entera quizá se te atragante, por eso voy paso a paso dejando de ser yo y a la vez convirtiéndome en mí misma. Es curioso cómo me dejo caer por la vida como si fuera un tobogán infinito, ya no da vértigo, ni diversión, pero ahí sigo, por inercia, creciendo y creando mi propio ser como quien canta a una planta para que crezca, pero con menos amor.
He perdido tantas cosas por el camino... y no miento si digo que esta vez me he perdido a mí, pero no hay mejor forma de ser uno mismo que estando perdido, soy más yo que mi yo de ayer, aunque no sepa aún por qué.
La batalla que me espera no es para débiles, mucha gente se pregunta por qué tan sedentaria. Estoy cogiendo fuerzas para mi guerra, estoy siendo todo lo que puedo, porque se acerca la tormenta y yo voy a tener que estar ahí fuera toda la noche, luchando contra mis demonios y los de los míos, y para eso necesito descansar años.
No son años perdidos, es un entrenamiento. Estar triste es lo que me hace ser potencialmente feliz. 33 años y aún no han podido conmigo.
